Radha Burnier – J. Krishnamurti

J. Krishnamurti

Radha Burnier

La conexión entre J. Krishnamurti (Krishnaji como se le conocía cariñosamente) y la Sociedad Teosófica se rompió, no porque él se fuese–como creen muchos miembros–sino porque la gente no estaba preparada para escuchar un profundo mensaje expuesto en términos, que no estaban acostumbrados a oír. No es la primera vez que esto sucede. Los judíos no escucharon a Jesús cuando vino a enseñar. La mayoría de los hindús no respondieron durante mucho tiempo, a lo que Buda tenía que decirles. La mayoría de la gente prefiere volver a sus ideas acostumbradas, a sus hábitos, a sus cómodas teorías e ideas, incluso cuando son sacudidos por ellas, pues el cambio radical es difícil e «incómodo». Pero todo lo profundo es radical. La Verdad no puede contemporizar ni alcanzar compromisos, y a nosotros nos gustan los términos medios y tener lo mejor de ambos mundos. En las Cartas de los Mahatmas  se deja muy claro que, quienquiera que se tome en serio el Sendero, debe abandonar todos sus acostumbrados modos de pensar y formas de actuar. Así que los miembros de la Sociedad Teosófica debieran haber estado preparados para escuchar un mensaje nuevo. Pero cuando Krishnaji comenzó a hablar de manera radical, hubo muchos que no pudieron soportarlo.

El propio hecho de que él se negara toda autoridad a si mismo fue radical. Aquellos que esperaban que el «Instructor del Mundo» se manifestase a través de Krishnamurti, tenían in mente,  como él mismo declaró en 1927, una  imagen de lo que debería decirse y de cuál sería la función de Krishnamurti. Una imagen es una forma estática, material, proyectada por la mente, y Krishnamurti señaló que, en tanto que la imagen fuera estática, la gente se sentiría feliz y satisfecha. Cuando la imagen resultó viva, quedaron perturbados. Obviamente, es mucho más cómodo tratar con algo que solo habla o actúa, como la gente quiere. A una imagen se la puede hacer jugar un papel satisfactorio. Se esperaba del «Instructor del Mundo» que contara a la gente lo que tenían que creer, que definiera la «verdad» y el papel que sus seguidores deberían desempeñar. A muchos les hubiera gustado un papel importante para sí mismos, como seguidores e intérpretes. Pero cuando comenzó la enseñanza y Krishnaji negó su propia autoridad, repudió todo seguimiento, rechazó cualquier interpretación, desinfló el  sentir del ego de algunos futuros seguidores y desanimó a otros.                                               Krishnaji dejó claro a partir de 1927, que no iba a decir lo que había descubierto. En aquellos días, la gente preguntaba: ¿Qué es lo Amado de lo que habla? Y él contestaba: «Voy a ser intencionadamente vago, porque, aunque podría definirlo muy fácilmente, no es mi intención el hacerlo. Una vez que se define una cosa, está muerta». La gente habría reverenciado maravillosas descripciones de lo Amado, o cualquier cosa que les revelara. En su Diario y Cuaderno de Notas, hay indicios de un algo inmenso, innombrable, que él llamaba, a veces, el/lo «otro», porque no tenía nada que ver con “lo esto” de nuestro mundo. Los Upanishads, también, hacen referencia a «Aquello», que ni la mente, ni las palabras, ni los pensamientos pueden alcanzar. Lo que se escucha con los oídos–palabras recordadas y repetidas–forma parte todo ello del cerebro material. La memoria pertenece a la región del no más/ya no. Pero la gente disfruta con las descripciones y se apegan a las definiciones y etiquetas. Les habría gustado que él se hubiera etiquetado a sí mismo. Si se hubiera etiquetado, automáticamente hubiera habido «discípulos», «apóstoles» o cualquier otra cosa, que hubieran imaginado. Pero él decía: «Cuando comenzaba a pensar, quería descubrir, qué se entendía por el Instructor del Mundo… y qué se entendía por su manifestación en el mundo». Quizás la manifestación no era aquello sobre lo que hablaba la gente, sino algo que no puede expresarse en palabras. Quienquiera que quiera encontrar la verdad, tiene que aprender a pensar y descubrir por sí mismo, y no aceptar descripciones, definiciones, palabras de otras personas.

Krisnaji dio una ligera indicación de lo que era su Amado: «Mi Amado son  los cielos abiertos, la flor,  todos los seres humanos». En su vida esta fue la verdad. Esta no era solamente una gran afirmación; la suya fue una vida en la que en ningún momento mostró ningún pensamiento de que alguna cosa fuera más importante que otra; ningún sentimiento de que unos fueran superiores a otros. Decía que su costumbre era escuchar siempre a todos. «Deseaba aprender del jardinero, del Paria (intocable), de mi vecino, de mi amigo, de todo lo que pudiera enseñar, con el fin de llegar a ser uno con el/lo Amado». Al final, escuchaba cuidadosamente a todo el mundo, con atención y con afecto, sin distinción de superior o inferior. Respondía, con lo que a otros podría parecer como una generosidad poco práctica. Contemplando y escuchando al científico, al intelectual, al político, a todo el mundo, llegaba a ver en el corazón de las cosas, como deja claro la lectura de sus Comentarios sobre el vivir  y otros escritos. Tenía una enorme, tal vez ilimitada, capacidad de afecto. La gente usa la palabra «amor» con muy poco sentido. El amor ordinario da cabida a los celos, al apego, mezquindad, etc. Pero su amor era profundo, desbordante, atento, compasivo, absolutamente distinto del de los otros.            Muchos de los que le escucharon a lo largo de los años percibían el extraordinario poder edificante, que emanaba de él en sus charlas, exposiciones y conversaciones particulares. A la mayoría de la gente le gustaría tener influencia y usarla, mientras que él, frecuentemente, prevenía: «No os dejéis influenciar por mí». Bajo su influjo, la gente creía haber entendido, pero a menudo era algo pasajero. Cuando alguien entiende de verdad, por su propia escucha, aprendizaje y observación, entonces reproduce una luz permanente, y esto es lo que cada uno tiene que hallar.

Así, desde el primer momento, cuando comenzó su trabajo, dejó claro que no iba a intentar  convencer ni persuadir a nadie. Todo lo que hacía era intentar despertar la percepción y el deseo de buscar la verdad sin aferrarse a ninguna autoridad, repitiendo asertos, o citando libros, ni siquiera de él mismo. Cuando hay verdadero deseo de buscar la verdad, cada persona se vuelve libre. Cuando existe una autoridad, es que existe miedo. La autoridad es desestabilizante, crea inseguridad, fanatismo, dogmatismo.

Fue como  una flor que esparce su fragancia alrededor, sin preocuparse de quien pasa, o de lo que este pensará. Esta es la quintaesencia de la acción sin buscar resultados, que refiere el Baghavad Gita. Innumerables personas han hablado de ello, rememorado palabras e ideas en grandes libros, pero la verdad se halla muy lejos de sus vidas. Cuando alguien conoce la verdad, puede, o no, hablar de ella; pero su vida estará llena de belleza y fragancia. Krishnaji decía, que cuando no hay apego, la frontera entre la vida y la muerte es muy fina/delgada. Mostró la vida y la muerte bajo una luz diferente. La muerte del cuerpo se considera generalmente una tragedia, algo sobre lo que hablar durante mucho tiempo. La distancia física se considera, también, «separación». Krishnaji decía que cuando estaba lejos, no echaba de menos a nadie. Puede haber estado todo el tiempo cerca de todo el mundo, porque era alguien con la inmensidad y la atemporalidad de la vida toda.

Algunos preguntan: ¿No eran abstrusas sus enseñanzas, alejadas de la vida del hombre ordinario? Y era todo lo contrario. Su enseñanza era profunda, pero no abstrusa; se ocupaba de las vidas de la gente normal, pues arrojaba luz sobre el problema del ego, que es el único problema que existe, y que produce miedo, ansia de poder, frustración, esperanza, apego, deseo de continuidad. O sea que era un mensaje para la vida cotidiana de todo hombre, mujer y niño, pero era también un mensaje, que puede transportarnos más allá de la vida cotidiana, al mismísimo corazón de la existencia, su verdad, su belleza y su paz.

Cualquier amor, cualquier afecto, que tiene un motivo, que tiene un propósito, no es amor en absoluto; solamente amamos cuando no tenemos ningún motivo.

                J. Krishnamurti

The Theosophist, February 2018

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